Uno de los aspectos que menos me gustan del actual sistema de derechos de autor es su transmisión: los derechos pasan de padres a hijos, y pueden incluso venderse. Esto da lugar a situaciones tan rocambolescas como que los creadores de Superman acaben despedidos y sin sus derechos, o que los herederos de las creadoras del cumpleaños feliz ganen 2 millones de euros al años, casi 150 años después, y además los compartan con la Warner Music Group (WTF?!).
Hoy me entero de otra disputa similar a través de El Blog Salmón:
Estos ingresos suntuosos son los causantes de la denuncia de los herederos del Sr. Tolkien en contra de New Line Cinema, la productora de las películas, alegando que deberían haber recibido más de €100 millones por derechos de autor.
Ya que el Sr. Tolkien murió en 1973 a los 81 años, y que los libros se escribieron hace más de 60 años, ¿cuántos años duran y deben durar estos derechos? Además, ¿realmente deben recibir tanto beneficio los hijos e hijos de los hijos, etc., y por cuánto tiempo?
Es un versión reload del debate clásico: alguien que genera mucho dinero —como un futbolista o un actor— ¿tiene legitimidad para obtener un beneficio extraordinario? Pero en este caso con una vuelta de tuerca: el hijo o el nieto de alguien que generó mucho dinero ¿merece obtener un beneficio extraordinario?
Mi opinión al respecto es que aunque los creadores merecen una compensación por sus obras, los beneficios extraordinarios son innecesarios, la herencia de los derechos es, por tanto, difícil de justificar y la compra-venta de los mismos aún más.
Me gusta especialmente el tema de la herencia, porque refleja muy bien como de asentado está el capitalismo en nuestra forma de pensar y entender el mundo —y no lo digo con ánimo de crítica, sino como una observación. Hace tiempo escribí algo al respecto:
Notas:La revolución obrera intentó desterrar los derechos de nacimiento de los nobles, cuyos títulos y riquezas se transmitían de padres a hijos. Todavía hoy, mucha gente se queja de que el hijo del rey herede el trono, sin ganárselo. Lo despreciamos como un arcaísmo de tiempos bárbaros: la edad media. En cambio, aceptamos como algo natural heredar los bienes y el capital de nuestro padres, y ponemos el grito en el cielo cuando el estado grave dicha transmisión (de hecho la tendencia en España es la de eliminar el Impuesto de sucesiones1).
Vamos, que a nadie le parece extraño que el poder patrimonial —supuesto premio del triunfador capitalista— se transmita de generación en generación, perpetuando las estirpes de poderosos. Yo quiero lo mio para mi, y si no, para mis hijos. Pero bueno, para eso nacieron las clases medias.
La alternativa —más del gusto de un liberal— pasa por no heredar nada, y labrarse uno mismo su propio destino, tener lo que uno se merece y merecer lo que se tiene, etcétera. A medio camino entre las dos orillas, me he encontrado esta frase:
A mis hijos les quiero dejar lo suficiente para que hagan algo, pero no suficiente para que no hagan nada. (Martin Varsavsky)
Siendo iluso, a lo mejor el estado debería hacer eso con todos sus hijos…
- Es más, si no me equivoco, tanto el PSOE como el PP llevan en su programa promesas electorales en esta línea. [↩]
Etiquetas: capitalismo, derechos de autor, Herencia

