Cuando estoy fuera de España —siguió diciendo Ibarra— quiero convencerme de que nuestro país no está muerto para la civilización, que aquí se discurre y se piensa, pero cojo un periódico español y me da asco; no habla más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.
Sustituye toreros por futbolistas, y la frase toma plena vigencia. Es curioso que fuera escrita antes de 1911 y se refiera a la España de final de XIX.
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Ayer hice una incursión a la casa del libro y compré algunos libros. Iba buscando Un montón de juegos, de Sid Sackson. Había leído sobre él en la bitácora de Pedro Jorge, que es además el traductor del libro, y que lo describía así:
… la recopilación de, como bien dice el título, un buen montón de juego que te puedes fabricar tú mismo. Algunos son tan simples que se resuelven de inmediato con lápiz y papel, mientras que otros exigen materiales más elaborados como un tablero de ajedrez y fichas. En cualquier caso, considerando la cantidad de juegos que contiene, 5,50 euros que cuesta es todo un regalo.
es ciertamente un libro extraordinario, un libro donde el autor va explicando juego tras juego, cada cual mejor que el anterior. Pero lo bueno no es eso, sino el desbordante entusiasmo que Sid Sackson pone de manifiesto: amaba los juegos, y sin duda ese amor le ayudó a crear algunos francamente buenos. Es ese entusiasmo el que sostiene el libro y acompaña continuamente al lector. Lo pasé muy bien traduciéndolo.
Solo he leído unas páginas y jugado a uno de los juegos, pero tiene una pinta estupenda. Lo que más me gusta es que no es una simple recopilación de juegos y reglas, sino que el autor los presenta y describe, y como dice Pedro, puedes sentir lo mucho que disfrutaba Sid Sackson con los juegos. En cierto modo, me parece un buenísimo tributo a la gente con aficiones.
También me traje El árbol de la ciencia, de Pió Baroja, un libro que hace años que quiero leer. Es una edición con un prólogo extenso y con comentarios, y eso acabo por convencerme. Escogí dos libros más para regalar: El juego de Ender, de Scott Card y Cryptonomicon, de Stephenson.
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