He pasado muchos años entre aulas y a partir de septiembre daré mis primeras clases en la universidad. Además he vivido rodeado de docentes toda la vida. Por eso supongo que es normal que a menudo haya reflexionado sobre enseñanza.
Pues bien, hace tiempo leí esta cita que expresa perfectamente lo que yo creo que debería ser la enseñanza en general, pero sobre todo la enseñanza de los más jóvenes:
«En los primeros años de la enseñanza secundaria se desarrolla el drama más complejo de todos, el de hacer creer a un niño que los sueños existen, que, después de todo, la trascendencia es posible.
Lo peor de nuestra enseñanza, de la falsa realidad que representa, un realismo brutal y falaz, es que trata de menguar los sueños del niño. En lugar de no hacer más de lo que un niño es capaz de comprender, es mejor tratar de ir siempre un poco más lejos, y que el niño extienda brazos y manos para tratar de alcanzar la pelota, aunque no llegue. Porque ése es el momento en que comenzará a sentirse satisfecho, lo que le permitirá decir: «Todavía no he entendido, pero llegaré a entender. Todavía no he pergeñado un sueño, pero soñaré. Todavía no he disfrutado de algo, pero lo haré». Con el rasante igualitario, mediante la falsa democracia de la mediocridad, matamos en los niños la posibilidad de sobrepasar sus limitaciones sociales, domésticas, personales, e incluso físicas» (G. Steiner y C. Ladjali, Elogio de la transmisión 2005).
¿Por qué no hacer soñar a los alumnos con que podrán afrontar retos mayores? ¿por qué no fomentar la ilusión de transcender, de abordar los temas importantes? ¿por una mera cuestión de probabilidad? Perseguir un sueño implica esforzarse en el camino hacia una meta (sea cual sea), algo incompatible con el «rasante igualitario» y la «falsa democracia de la mediocridad». Llegado el momento, el tiempo, con su «realismo brutal y falaz», acabará reduciendo los sueños de algunos —¿no nos ha pasado eso a todos?— pero en el camino muchos habrán sobrepasado sus «limitaciones sociales, domésticas, personales, e incluso físicas».
Yo creo en el éxito de asomar a los alumnos a un mundo más complejo, más sutil, clarosocuro, y sobretodo inacabado. Un mundo que será difícil de entender y que exigirá esfuerzo y trabajo a los alumnos, pero sobretodo, un mundo que será difícil de describir para el profesor. Y quizás ahí resida el problema.
Sin duda, todo esto es pensamiento utópico en estado puro. Pero ¿no son precisamente las utopías lo que deberíamos perseguir siempre?
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