Contexto: Alguien se pasea por el Escorial con una pareja de amigos, y mientras caminan les va contando -con un tono de voz normal- algunas curiosidades: aquí dormía el rey, aquí la reina, ésta es la estatua yacente de don Juan de Austria, que por no morir en combate tiene los guanteletes quitados, etcétera.
En ese momento ocurre lo siguiente:
“un vigilante jurado se acercó a preguntarme si tenía carnet o tarjeta de guía. Le dije, sorprendido, que no tenía nada que me acreditase como parte de tan respetable gremio, y el hombre –algo incómodo, todo hay que decirlo– me dijo que en tal caso no podía explicar a nadie cosas sobre el monasterio. «Sólo los guías oficiales –añadió– pueden hablar aquí.»“
La historia la cuenta Arturo Peréz-Reverte -en primera persona- en su columna. (vía Pjorge)
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