Cundo terminé la carrera, hace casi 3 fugaces años, la escuela me concedió una mención de honor por ser el very first de mi promoción y me obsequió con un bolígrafo Mont Blanc™. Evidentemente lo de la mención de honor estuvo bien, aportó puntos a la hora de conseguir mi beca FPU y luce mucho en el curriculum. Pero he venido a hablar de mi Mont Blanc.

Lo primero que debo decir es que aunque prefiero usar un bolígrafo a una pluma, me jode no poder decir «tengo una Mont Blanc». Además, mi bolígrafo es probablemente el más barato de todos los Mont Blanc. Algo así como el hermano pobre de una familia de aristócratas. En realidad no tengo certeza de que esto sea cierto, pero esa es mi impresión. Pero no me voy a quejar, porque es bastante chulo: clásico, como corresponde, pero sin resultar anticuado. El modelo es el ballpoint pen with twist mechanism de la colección Meisterstück Platinum Line Classique:
Ballpoint pen with twist mechanism, barrel and cap made of black precious resin inlaid with Montblanc white star, platinum-plated clip and rings.
Lo curioso del asunto es que tengo un Mont Blanc, pero jamás lo he usado. Y pienso: ¿que sentido tiene tenerlo si no lo uso? En teoría es un recuerdo… un recuerdo que vive, o malvive, en un estante. Pero por otro lado, pasear un bolígrafo que cuesta 180€ tampoco parece algo con mucho sentido. Aunque mira, más cuesta un ipod o un telefono móvil… visto así…
El caso es que a veces me convenzo de que debería llevarla encima, metida en el bolsillo de la camisa—lástima que no frecuente las camisas—hasta que un día lo pierda. Mi abuelo Paco siempre lleva una buena pluma consigo, en el bolsillo interior de su chaqueta, y menudo aire se da. Todo lo escribe y firma con esa pluma. Creo que es una especie de ritual, y en parte deformación profesional—mi abuelo es corredor de comercios, cuerpo que hace unos años se unifico al de notarios.
Otra razón para sacar el bolígrafo del cajón es que hace años que minimizo el número de objetos inútiles a mi alrededor. Ya nunca guardo ropa que no uso, ni libros que no me interesan, ni colecciono películas. Creo que es mucho más saludable—de hecho creo que es una máxima de alguna pseudo-filosofía oriental. Pero sobretodo no aguanto la idea de sentirme como una tortuga. Es decir, la idea de tener kilos de lastre con los que cargar: montones de libros, dos ordenadores, un par de maletas con ropa, varios cuadernos y carpetas con recuerdos… eso por no mencionar las cosas que dejaría atrás sin mucha tristeza: un lavavajillas, una cómoda, un sofá, la casi-famosa lavadora. El síndrome de la tortuga es propio de los no-propietarios que vivimos de alquiler, pero la alternativa es comprar vía hipoteca y pasar al síndrome del geranio—que acumula más cosas, peor no puede ir a ninguna parte.
Antes de salirme más del tema… ¿que hago con mi Mont Blanc? Se admiten consejos y sugerencias e incluso ofertas en metálico
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