En la primavera de 1968 tuvimos los disturbios en Columbia, cuando los estudiantes radicales ocuparon la ciudad universitaria […], las clases fueron suspendidas […], los examenes finales fueron aplazados y hubo altercados nocturnos con la policía, en los que los cráneos universitarios fueron abiertos y mucha sangre de alta calidad fue a parar a los desagües.[…] Con la mano en alto haciendo el signo V y gritando consignas estúpìdas como el que más. Agazapado en el pasillo de Furnald Hall mientras la brigada con porras vestida de azul cometía desmanes. Debatiendo tácticas con barbudo y andrajoso activista […]. Observando como dulces muchachas de Barnard se desgarrabanlas blusas y agitaban sus denudos pechos delante de policías lujuriosos y exasperados, mientras lanzaban feroces epítetos anglosajones que las muchachas de Barnard de mi época remota ni siquiera habían oído pronunciar. Observando cómo un grupo de jóvenes y melenudos estudiantes de Columbia orinaban cual ritual sobre una pila de documentos de investigación robados del fichero de algún desafortunado profesor que preparaba su doctorado.
Cuando me di cuenta de que incluso los mejores de nosotros éramos capaces de cometer excesos por la causa del amor, la paz y la igualdad humana, entonces supe que no podía haber esperanza para la humanidad.
(David Selig, personaje de “Muero por dentro” de Robert Siverberg).
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