Leo en Golem Blog una reflexión inquietante de Edsger Wybe Dijkstra:
La tarea de la universidad no es ofrecer lo que la sociedad demanda, sino lo que la sociedad necesita. Las cosas que la sociedad demanda son, en general, bien conocidas, y para ello no necesitas una universidad, la universidad tiene que ofrecer lo que nadie más puede proveer.
Estos día la universidad se está transformando —al menos nominalmente— con el objetivo de dar una formación orientada a la incorporación efectiva al mercado laboral. Es decir, para generar los profesionales que demandan los empleadores.
Pero, ¿que ocurre con los profesionales que la sociedad necesita pero que la empresa no demanda?
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mercado laboral, sociedad, universidad
Pensaba escribir una anotación relativamente completa sobre el experimento que el catedrático de psicología de Yale, Stanley Milgram, realizó en la década de 1960, pero veo que ya se ha escrito mucho al respecto. Así que me limitaré a introducir el tema, y al que le interese que siga leyendo.
A priori, el experimento consistía en lo siguiente:
dos individuos acudían al laboratorio, aparentemente para participar en estudio sobre la memoria y el conocimiento. Uno haría de «alumno» y el otro de «profesor». El alumno era aislado en una habitación y conectado a una maquina «generadora de descargas eléctricas». La maquina tenía varias palancas alineadas: «descarga leve», «descarga potente», … «XXX». Al alumno se le explicaba que debía memorizar una serie de palabras, y que si fallaba el profesor le aplicaría descargas cuya intensidad iría incrementándose.
Pero en realidad el alumno era un actor y las descargas, falsas. El profesor era el auténtico sujeto bajo estudio. El objetivo de Stanley Milgram era comprobar la capacidad de una persona corriente para hacer sufrir a una víctima inocente y angustiada.
Los resultados vinieron a contradecir el pronóstico de 14 expertos (optimistas). Aunque los alumnos gritaban y pedían clemencia, el profesor seguía haciendo preguntas y aplicando descargas. Cuando alguno de los profesores mostraba dudas, el investigador que supervisaba el experimento le animaba a continuar con las siguientes frases (en este orden): «por favor continua», «el experimento necesita que continúes», «es absolutamente esencial que continúes» y por último «no tienes otra opción, tienes que continuar» [frases originales en inglés]. Si después de haber oído todas estas frases, el profesor insistía en parar, el experimento se daba por terminado.
Pues bien, varias tandas de experimentos demuestran que más del 60% de las personas son capaces de aplicar la potencia máxima antes de que el experimento diera a su fin.
Más del 60% parecían dispuestos a electrocutar a un conciudadano hasta dejarlo inconsciente o incluso producirle la muerte, solo porque un hombre vestido con bata blanca les había dado instrucciones para hacerlo. (Joseph Heath y Andrew potter, «Rebelarse vende» [inglés])
El experimento es un ejemplo clásico de la naturaleza del mal y del poder de la autoridad sobre el individuo. Como dice el propio Milgram: «Una persona corriente que cumple con su trabajo y no parece especialmente hostil puede convertirse en ejecutor de un terrible episodio destructivo. Además, pese a la naturaleza dañina de un acto incompatible con los criterios éticos elementales, pocas personas parecen tener la suficiente entereza para resistirse a la autoridad.».
¿La verdad es que da que pensar ¿no?
Curiosidad 1: El expermento se suele citar cuando se habla del genocidio nazi (que parece que fue una de las inspiraciones de Milgram), del poder de los totalitarismos, de la sociedad conformistas, etcétera.
Curiosidad 2: Un experimento similar es el Stanford prison experiment, en el que se basó la película «Das Experiment» (que a mi me gusto en su momento, pero como la vi en el festival de sitges, no puedo recomendar. Todas las películas que he visto allí me han gustado. Debe ser pura sugestión).
Curiosidad 3: He sabido del experimento a través del libro «Rebelarse vende», de Joseph Heath y Andrew potter (que por cierto, tienen un blog). Llevo solo unas 50 páginas, pero su crítica a la contracultura promete ser una fuente ingente de frases, anécdotas y reflexiones para esta bitácora.
Curiosidad 4: un artículo publicado en PlosOne (por cierto, la primera revista científica web 2.0) describe un experimento equivalente, pero llevado a cabo en un entorno virtual (¿porque no se me ocurrió a mi?).
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conformismo, rebelarse vende, sociedad
Esta tarde he estado en el cine viendo A scanner darkly, la película de Richard linklater basada en una novela de Philip K. Dick. Si habéis leído alguna de sus novelas (e.g. “¿Sueñan los robots con ovejas eléctricas?”) o visto alguna de las películas basadas en sus relatos (e.g. “minority report”) sabréis que en sus historias abundan elementos quasi surrealistas: réplicas artificiales de personas y animales, drogas alucinógenas que sustituyen la realidad, maquinas que preseervan la consciencia de difuntos, etcétera.
Pues bien, aunque la película se puede catalogar de muy Dickiana, nada de lo que aparece en ella es lo más dickiano que me he encontrado hoy. En realidad, el elemento dickiano de hoy - y probablemente del año- me lo he encontrado en la Televisión:
“Convocamos al espíritu de Carmen Ordóñez” (El Buscador, telecinco)
Pues si, en el programa de telecinco han entrevistado (sic) a Carmen Ordóñez desde el más allá (vía médium). A mi desde luego me parece una barbaridad tal, que espero que pasen por el juzgado. pensaba explicar mis razones… pero parece demasiado obvio.
Es digno de una novela de ciencia-ficción, quizás de K. Dick o de William Gibson. Sería el típico recurso para representar una sociedad psicótica, dominada por un gobierno totalitario (pero etéreo) o quizás por un conglomerado de empresas sin sede social, bombardeada por unos medios de comunicación sin limites (anuncios proyectados en la retina), donde la gente vive entumecida y permanentemente enchufada (quizás literalmente) a una tele-neural… y donde los muertos hablan por la tele.
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a scanner darkly, carmen ordoñez, Ciencia-ficción, K. Dick, mediums, sociedad, Televisión